Entre el ruido del casete y el brillo de la pantalla
Descripción de la publicación.
Por Angélica Hernández Ávila
12/1/20252 min read
Nací en 1972, cuando el mundo aún olía a tinta de periódico, el teléfono tenía un solo tono y las cartas se escribían con intención, no con prisa. Crecer en esa década fue vivir en una frontera invisible: entre lo viejo que no quería morir y lo nuevo que todavía no sabía cómo nacer. No lo sabíamos entonces, pero éramos la generación del entremedio, la que aprendería a convivir con la incertidumbre sin que eso nos quebrara. Fuimos niños en un mundo analógico, adolescentes en un planeta que empezaba a conectarse y adultos en un universo digital que no pedía permiso.
Cuando la espera era parte del encanto
En los años setenta y ochenta, el tiempo tenía otra textura. Las cosas tardaban. Las canciones había que esperarlas en la radio, el amor llegaba por carta, los viajes se soñaban con mapas doblados. Y en esa espera aprendimos algo que hoy parece un lujo: la paciencia como forma de deseo. El futuro era una promesa, no una notificación. Nadie nos enseñó a “ser virales” ni a vivir de likes; nos enseñaron a cumplir, resistir y adaptarnos. Cuando el mundo se movía lento, nosotros aprendimos a mirar; cuando empezó a correr, aprendimos a no tropezar.
Los primeros migrantes digitales
Cuando las primeras computadoras llegaron a las oficinas, muchos de nosotros ya trabajábamos. Pasamos del lápiz al teclado, de la carta al correo electrónico, del silencio a la conexión constante. Aprendimos a usar lo nuevo sin soltar del todo lo viejo. Fuimos los intérpretes del cambio, los traductores entre generaciones: hijos de padres que medían el éxito en estabilidad, y padres —o mentores— de jóvenes que lo miden en libertad.
Esa dualidad nos moldeó: somos lo suficientemente estructurados para planear y lo bastante rebeldes para improvisar.
El precio de crecer entre crisis y sueños
Nacimos con la idea de que el trabajo era la puerta del futuro. Pero mientras crecíamos, las crisis económicas, las devaluaciones y los cambios políticos nos enseñaron que nada era tan sólido como parecía. De allí viene nuestro realismo emocional, esa mezcla de esperanza y cautela que nos hace confiar solo después de ver. Sin embargo, esa misma escuela de vida nos dio una fuerza distinta: la capacidad de reinventarnos sin hacer ruido. No necesitamos proclamas; nos basta con actuar.
Entre la nostalgia y la lucidez
Hoy, cuando el mundo parece vivir en modo efímero, quienes nacimos en la decada de los setentas, observamos con cierta distancia. Sabemos que no todo lo que brilla es futuro, ni todo lo que se fue merece olvido. Somos una generación que mira atrás sin quedarse ahí; que valora la raíz, pero no teme al cambio. Hemos aprendido que evolucionar no es traicionar el pasado, sino dialogar con él. Que el progreso no siempre es velocidad. Que hay sabiduría en el silencio y poder en la pausa.
El legado de los del 70
Ser de 1972 es llevar en la piel la memoria de los casetes y el chip de la reinvención. Es haber visto cómo cambió todo —y seguir aquí, con la mente abierta y los pies en la tierra. No somos los que nacieron con la tecnología, pero sí los que aprendimos a domesticarla.
No fuimos criados para ser influencers, pero influimos desde la experiencia.
Somos los arquitectos de puentes entre lo que fue y lo que viene. Y tal vez, ese sea nuestro papel en la historia: recordar que, incluso en tiempos digitales, lo más humano sigue siendo la conexión real.
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