Reflexión post “secuestro”

Autora: Mtra. Jacquelinne Varona

2/13/20263 min read

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El operativo militar de Estados Unidos en Venezuela que culminó con la captura del presidente Nicolás Maduro y su esposa, Cilia Flores, ha desatado una crisis de proporciones históricas. Lo que para algunos sectores internacionales se presenta como una medida de justicia contra un gobierno acusado de narcotráfico y violaciones a los derechos humanos, para otros —especialmente dentro de Venezuela y en amplios sectores del derecho internacional— es un acto que constituye una grave violación de la soberanía nacional y del derecho internacional. Considero que ambas posturas son correctas, no hay blancos y negros en esta situación.

Las autoridades venezolanas y sus aliados internacionales han calificado esta operación como un “secuestro” de un jefe de Estado, destacando que se realizó mediante un ataque armado sin mandato de organismos multilaterales y con pérdidas humanas en las filas de seguridad venezolanas y aliadas.

Lo verdaderamente importante, para mi criterio es la afectación a la población venezolana, ya que más allá de la legitimidad o ilegitimidad del acto en sí, lo que realmente preocupa es el impacto que esto tiene sobre la población venezolana, que desde hace años enfrenta crisis económica, colapso de servicios públicos, migración masiva y profundas divisiones sociales. La intervención extranjera —cualquiera sea su justificación— no representa una solución directa a las necesidades cotidianas de los ciudadanos: acceso a alimentos, medicinas, seguridad, educación o empleo digno.

El bienestar de los venezolanos no puede depender exclusivamente de decisiones geopolíticas tomadas en Estados Unidos de América. Se requieren mecanismos genuinos para fortalecer la participación ciudadana, la transparencia institucional y la reconstitución de un Estado de derecho que proteja los derechos humanos y garantice servicios básicos. La ausencia de estos elementos estructurales ha contribuido a que la crisis venezolana se prolongue, independientemente de quién ocupe un cargo u otro.

Por otro lado, desde el punto de vista de la administración estadounidense bajo Donald Trump, la operación ha sido presentada como una acción de aplicación de la ley y defensa contra delitos graves como narcotráfico. Sin embargo, la magnitud de la operación —que incluyó ataques militares y la remoción forzada de un jefe de Estado— sugiere una agenda que trasciende la persecución judicial.

La acción ha sido interpretada por expertos en derecho internacional como una violación a la Carta de las Naciones Unidas, que prohíbe el uso de la fuerza contra la soberanía y la independencia política de otros Estados sin un mandato claro.

Para Trump, más allá de la narrativa legal, existen pretensiones estratégicas que buscan adueñarse o bien tener el control sobre los recursos energéticos de Venezuela, su posicionamiento geopolítico en América Latina y la reafirmación del liderazgo de Estados Unidos en la región. Según las Declaraciones posteriores de la Casa Blanca sobre recursos petroleros venezolanos y el control del proceso político sugieren que los objetivos van más allá de un simple procesamiento judicial y entrarían en la esfera de intereses económicos y geopolíticos.

En consecuencia, las acciones del Congreso de Estados Unidos en medio de esta crisis reflejan tensiones profundas entre el Poder Ejecutivo y la propia Legislatura. Aunque miembros del Congreso han expresado su oposición o inquietudes sobre la legalidad y las consecuencias de la intervención —incluida la crítica de congresistas sobre la falta de consulta previa o mandato claro—, el apoyo institucional para operaciones de política exterior agresivas suele ser ambiguo y puede depender de mayorías partidarias.

La reflexión legislativa debería centrarse no sólo en la ilegalidad de estas acciones, sino en sus impactos humanitarios y geopolíticos de largo plazo, así como en las garantías de que cualquier medida que afecte a un pueblo soberano esté respaldada por un consenso multilateral y no solo por la voluntad de una administración.

En última instancia, sea cual sea la interpretación de los hechos, el foco debe permanecer en las personas: en sus aspiraciones de vivir con libertad, seguridad y perspectiva de futuro, no en ser peones de un tablero geopolítico pretende dominar de forma totalitaria Trump.